sábado, 26 de septiembre de 2009

La reincidencia lleva a la desespración

Olió y se quedó. El olor de la carne asada lo sedujo, más aún, cuando alzó la cabeza y vio la chorizada quemándose a fuego lento en el brasero. Los demás que estaban comiendo ni siquiera lo miraron. Se deslizó entre la gente, dio unas vueltas discretas, buscando un descuido de los cocineros.

Y lo logró. Algunos se rieron de su carrera precavida, pues iba huyendo y mirando hacia atrás, pendiente de alguna pedrada de los cocineros que lo maldijeron y juraron cobrarle la osadía.

Comió hasta saciarse. Se fue durmiendo sin pensar, apagando los ojos lentamente, con el bienestar de haber comido.

Despertó cerca de la media noche y se vio naufragando en la calle silenciosa. Alguien pasó cantando una canción de borrachos y tiró la colilla. Se acercó a husmear. Había visto en los puestos del mercado el placer de los cargadores, había visto fenecer esa brasita de boca en boca, pero no la quiso. Volvió a la acera y trató de cruzar la calle. De repente apareció un auto, sin duda manejado por ebrios que le gritaron quitate jueputa. No cruzó. Volvió a dormir otra vez hasta que la navaja del sol de las siete le puyó las costillas.


No resistió. Se fue al puesto de carne y sucedió lo mismo. Los que comían ni se fijaron en él. De las mismas vueltas buscando la distracción…

Los alaridos hicieron que las verduleras salieran a ver y que le gritaran a los cocineros qué barbaridad, cabrones, no sean más animales que el pobre animal.
(Cuento de Marco Antonio Villatoro Lara, hondureño).

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