martes, 20 de abril de 2010

Ciudad del Contrahombre & Noctambulario

Sin duda alguna, la poesía de Eleazar Rivera ha sufrido el más claro y más acelerado proceso de madurez que haya vivido la producción de cualquier poeta de su generación. Especialmente porque Eleazar nació con esa tormentosa y -simultáneamente- serena capacidad de sembrar poesía, abonarla, cosecharla, disecarla, y darle vida nuevamente. Bien clonándola a partir de la sinuosidad de sus grafemas o bien volviendo a inventarla a partir de los meandros de sus propias venas.

Precisamente por esa virtud se animó a romper el molde privilegiado en que los duendes de la poíesis esculpen los versos y se atrevió a dar vida a su libro CIUDAD DEL CONTRAHOMBRE & NOCTAMBULARIO (sic) con una serie de poemas escritos en prosa. Escritos magistralmente en prosa debo especificar para ser justo (aunque entre ellos aparezca Espejo suicida como tratando de reinar en las comarcas del texto con su excepcional condición versificada).

Los poemas en prosa de Eleazar no son sorpresa para quienes conocemos sus trabajos. Ya en el libro Crepitaciones con que ganó el Premio Centroamericano de Poesía “Pablo Neruda” -San José, Costa Rica, 2004- incluía una considerable cantidad de poemas en prosa.
CIUDAD DEL CONTRAHOMBRE & NOCTAMBULARIO es una simbiosis mágica en que se juntan la poesía y la vida, la emoción y la esperanza, la concreción y la abstracción. Simbiosis que además se adereza con el aroma de exquisitas imágenes recién elaboradas y con el cálido sabor de frases recién cortadas.

El libro resulta ser una inusual eclampsia poética que nos ilumina con un relámpago traslúcido de procedencia ignorada. O de procedencia que a los inmortales nos es prohibido conocer porque corremos el riesgo de perder la sensibilidad de nuestros sentidos.
En sus poemas desaparecen las metallas para dar paso a auténticas pepitas de oro; más no pepitas que se encuentran cotidianamente en la superficie de los cauces sino de esas que aparecen en estado puro en las vetas interiores del autor. Tampoco hay capullos colgando de las frases sino mariposas multicolores que despliegan sus alas con el ritmo vaporoso con que palpita el microcosmos del poema.

Desde luego, el talento poético de Eleazar es el manantial en que nacen los colores del arco iris con que matiza y fulgura el sendero de su prosa poética. Quizás por eso es que la poesía, que no es más que la hija insensata del caos, encuentra en este libro una especie de orden y sosiego. No sólo por el tratamiento del fondo y de la forma, sino también porque Eleazar se refugia en los laberintos de su ciudad para facilitarle todas las libertades al alter ego del hombre -su contrahombre- y permitirle que ejerza el derecho de perderse en los jardines de la inspiración.

Ciertamente, esta actitud permite que la poesía abstracta también haga un recorrido vigoroso por la ciudad de todos los poemas de este libro. Poesía abstracta que reniega de interpretaciones pero que exige degustaciones. O que rechaza la incómoda asignación de símbolos para permitirnos contemplarla sin la complicación estética y sin los excesos del análisis innecesario. Pero que aun así nos impregna de cierta sensación de libertad y de vida. De sueño, vigilia y somnolencia.

A partir de esta abstracción ignoro si el poema Preludio ha sido escrito por el autor a la ciudad de sus hazañas (Heme aquí en la avenida de tu cuerpo, disparándole palabras a la memoria; construyendo una barraca con los ijares de tus escombros); a la mujer que ama (Cuarenta y cuatro estrellas apagadas rompen las cadenas que las atan. No puedo jactarme de cortar tus primeras cerezas); o a su madre (…Tú si puedes jactarte de que en tu vientre quedaron las huellas de mi infancia).
Tres líneas de cualquier color y de cualquier grosor que atraviesan el lienzo en que el poeta prefirió escribir un poema vital a cambio de pintar la perspectiva de cualquier efigie. Mientras tanto, al margen de la forma, el libro es la llanura en que deambulan cuatro aventureros bien definidos: la denuncia social, el amor, la guerra, y la infancia del autor.
De allí que algunos poemas hayan permitido que el poeta abra las esclusas de su frustración ante el dolor que le provoca la ignominia de la conducta humana. O para que proteste ante la “fierización” que se apodera del ser humano después de hundirse en la inmundicia.
La calle es un bosque donde las fieras caminan libremente. Uno entra y no es el mismo cuando sale. En el rostro se refleja la ignominia y la insanidad del bestiario. Todo es espeso. Denso. Apenas respiro. Mis pulmones no soportan tanta inmundicia. Todo es sucio y sus fábulas crepitan con aliento envenenado.
El poema refleja estéticamente la denigrante realidad en que nos vemos, nos movemos y nos conmovemos cotidianamente. Es un escupitajo al rostro de la violencia ciudadana y de la delincuencia común. Un escupitajo que por muchas razones jamás llegará a su destino o a sus destinatarios. No importa que sea el delincuente común o el político que ignore el valor de los valores y la necesidad de hacer justicia. Lo mismo sucede con El amanecer de la demencia, con que el poeta -sin tomar postura moralista- lanza un grito de atención contra el surgimiento de las “maras” salvadoreñas, en las que “una multitud de niños entra seducida por la ribera de la desmesura”.
Pero no sólo con el dolor de estos poemas desarrolla la faceta de denuncia social. Lo mismo hace con el poema Los zapatos sobre la avenida en el que rinde homenaje a la trabajadora del sexo, ese ser humano que recibe la indiferencia despiadada de la sociedad que la utiliza:
Todas las noches se detenían frente al mismo postigo. Una bebida y un trozo de pan. No importaba la lluvia, el frío o el calor. Siempre caminando las mismas huellas del día anterior, a la misma hora y en la misma esquina.
Eran zapatos auténticos. Por ello, los clientes los preferían y no concebían la idea de que faltaran algún día.
Les crecieron ojeras y una risa sarcástica comenzó a llevarse a la tumba su encanto. Un farol roto quedó como testigo mudo.

La geografía de la rosa en que la figura extraordinaria de Monseñor Romero aparece haciendo inmenso el poema nos hace recordar la zozobra de la guerra civil y los sueños de justicia del patriarca.

Una bala apagó tu voz; mas no el eco de tus palabras
Tus homilías, semilla germinada; acordes de una sinfonía inconclusa; penumbra de un sol menguante.

Tu verbo creció en la ribera del hambre; floreció en los inviernos sin abrigos y se volvió luz en la patria de los sombreros.

Tus palabras palpitan y siguen sangrando en la geografía de la rosa.
O como los poemas Los apátridas, o Clandestino, o Crónica de una clandestinidad, con que rinde homenaje a los salvadoreños que decidieron abandonar el país en que enterraron su placenta -el país más violento del mundo- a cambio de vivir una vida ilegal en la metrópoli.

Claro que Eleazar emplea el recurso de la poesía para compartir detalles sobre su infancia. Por eso los recuerdos van y vienen oscilando del Péndulo de infancia con los que nos permite entrar a ciertos rincones de su vida.

Nada le devolverá la vida que enterró hace muchas páginas. Ni los juguetes y las palabras oxidadas en la noche. Nada traerá la inocencia y su verbo. Nada hará que vuelva al vientre de donde escapó un jueves oscuro de agosto.
Indudablemente CIUDAD DEL CONTRAHOMBRE & NOCTAMBULARIO es un libro lleno de prodigios que nacieron del plectro de este hijo pródigo de San Vicente. “Un jurado compuesto por Pablo García Casado, Marta Agudo, Andrés González Castro, Raúl Quinto, Diego Vaya, Krisma Mancía y Joan de la Vega, en calidad de secretario -reza la página cuatro de esta edición 2008 de La Garúa Libros- decidió conceder el II Premio Internacional de Poesía Joven La Garúa 2006 a los libros Funerales del caballo, de Ángel Padilla (Valencia, España) y Ciudad del contrahombre, de Eleazar Rivera (San Salvador, El Salvador)”.

La verdadera poesía tiene muchos caminos para encontrar al buen poeta. Precisamente por eso le resultó sumamente fácil encontrar a Eleazar. El problema de Eleazar y de algunos poetas de su generación es encontrar buenos lectores que en nuestra sociedad aletargada reconozcan la calidad de sus trabajos. O que al menos rompan los viejos esquemas transculturizados que dificultan la atención en la producción artística nacional.
Con esa intención debo concluir esta nota consignando uno de los poemas que satisfacen plenamente mis expectativas estéticas: Exorcismo.

Hablar del tiempo es tropezar, caer y levantarse. Es azuzar una fogata en los anales de la natal ribera, con los escombros de la edad perdida. Es visitar ciudades corroídas en la distancia. Es regresar a la fosforescencia de silbos de amores deshojados. Es romper el cordón umbilical que nos une; que nos llama, que nos ata; que nos muestre de donde viene la savia y la tinta de nuestro grafito.
II
Todos los días muero en el intento de levantarme. Todos los días la savia brumosa del pasado fluye desde cualquier manantial. Vos aparecés allí, virgen e impoluta. Veo las calles y los edificios sin el encanto de aquellos días. Sin las huellas y las pisadas. Sin las canas y los faroles. Allí enterraste mis palabras y mis idioteces de poeta aficionado. Allí quedó la sal y la sazón del calendario.
III
Siempre faltan los misiles de las sombras clandestinas; los cometas de las palabras y los sepulcros del corazón de la noche. Cómo no extrañar las calles desoladas de tus lunas y el ladrido de la noche a los amantes que deambulaban en tu vientre. Qué lejos estoy de aquellos abecedarios llenos de aguijones sin música, sin imágenes y antídotos secretos.

Siempre faltan exilios para los laberintos; venia para las madrugadas y vidrios para los soles de la distancia.
Danilo Umaña Sacasa
Escritor Salvadoreño

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