lunes, 31 de mayo de 2010

Sobre un hijo Pródigo

Por Alfonso Fajardo

Hay faenas en la palabra que sólo yo me sé.
Roque Dalton

Y el extranjero todo vestido con sus nuevos pensamientos, gana todavía
Partidarios en las vías del silencio: su ojo está lleno
De una saliva, ya no hay en él substancia de hombre. Y la
Tierra en sus simientes, como un poeta en sus palabras, viaja…
Saint-John Perse

Me basta el manual de Marx y la oración al Santo Niño de Atocha, Lenin revisado y la pragmática AK-47, la lengua del sueño y la áspera voz de la emergencia: mundos o bloques de temáticas que, escudriñados poema por poema, verso a verso, se unen dentro de la sustancia conceptual del texto. Desde Tres Poemas a la Patria, escrito a sus veintiún años, hasta “Arte Poética 1974”, escrito a sus treinta y nueve, hay una clara pretensión de expresar, mediante inscripciones de fuego en la tabla rasa de la historia, la vinculación orgánica y por convicción con el compromiso social en el tiempo que le tocó vivir. Pero no me interesa enarbolar banderas como escupitajos o defender sangre derramada como tinta en el cuaderno: la poesía de Roque Dalton es suficiente pancarta para que los que escrutan y demasiada palabra para los que aspiran. Su poesía habla y se defiende por sí sola y, es por ella, que hoy me hundo en las aguas fosforescentes de sus mejore momentos para rescatar, como a una joya o a un hongo, la brillantez alucinada de su más furtivo acento, la poesía menos explorada, leída y estudiada de toda su obra: es el turno del poeta y aquí no hay para más.

De las cicatrices del poeta cae pausadamente con su densa pureza, una de las expresiones de mayor hondura literaria que hayan existido en el país de los sacrificios. No me refiero a los lugares comunes harto conocidos por lectores y estudiosos epidérmicos: los “Poemas Clandestinos”, “Taberna y Otros Lugares”, “la Ventana en el Rostro” y “Un Libro Levemente Odioso”. Me refiero, como el disidente que busca el resquicio más conflictivo, al ambiente neblinoso, voluptuoso, heterogéneo, oscuro, ceremonial y mágico de sus libros “El Turno del Ofendido” y “Los Pequeños Infiernos”, verdaderos espejos y oasis donde los jóvenes poetas pueden reflejarse y beber de sus pezones.

El cinco de noviembre de 1937 César Vallejo escribió: “Un cojo pasa dando el brazo a un niño/ ¿Voy, después, a leer a André Breton?”[1] El poeta Dalton, quien ya para las fechas de escritura de “El Turno del ofendido” había abandonado el tono telúrico, oracular y lírico de la influencia Nerudiana de sus primeros escritos, pasó a descubrir, junto a toda una generación de poetas jóvenes de Latinoamérica (Enrique Lihn, Antonio Cisneros, etc.) el lenguaje tribal, humanista y fracturado del poeta peruano fallecido veinticinco años antes de dicho descubrimiento. El poeta, ya para entonces un Vallejeano consumado, hizo caso omiso de esos dos versos y se dedicó, como ese “muchachito triste que todavía necesita jugar” [2], a devorar a un tal Alexis St. Léger –que en sus ratos libres se hacía llamar Saint John-Perse-, a Henri Michaux, a Paul Reverdy, a Jacues Prevert. La sed de ir más allá que tienen los hombres había poseído su ventana y lo había convertido, frente a los poetas provincianos de su país con nombre de hospital, en el blanco perfecto de bellos epítetos: “pequeño-burgués”, “metafísico”, “retórico”, etc.
Roque Dalton había encontrado en el “humor, fruta fácil/ generosa”, en la “sinrazón lúcida que no le teme al caos”[3], en la lengua del sueño y en los exóticos vientos y las caudalosas lluvias[4], la fórmula perfecta que, unida al compromiso humano como trasfondo constante, dio como resultado una expresión poética surrealista en la que –paradójicamente- en el concepto del poema, el ser social no se desvincula del compacto guijarro de solidaridad humana como fuerza motora de los cambios sociales. El discurso poético o significante, por su parte, es una suma de las vanguardias perfectamente asimiladas y procesadas: una escritura que, si bien no es automática[5], responde al vasto aliento metafórico generador de conexiones; un código lingüístico pletórico de asociaciones de palabras ordenadas como una lluvia de gran altura; es decir, de un lirismo no retórico sino más bien carnoso, oscuro, preciso, voluptuoso y, al mismo tiempo, anti utilitario y conceptual. Una expresión unilateral en cuanto al emisor del mensaje –predomina la primera persona del singular, el yo-poético del discurso- y bilateral y poli funcional en cuanto a su destinatario:

“No será la palabra solamente/quien deba salvarnos” (a los poetas)
“Pero solamente tú recordarías/mi manera de mirar a los ojos” (a la mujer).
“Cuál será nuestro rostro?/¿Cuál nuestra heredad?” (a la sociedad)

El significado, muy al contrario de lo que muchos críticos han sostenido, no es vacuo, metafísico o fútil para la concatenación de esfuerzos y consecución del propósito del cambio social que se persigue; en medio de esos dos libros de características surrealistas encontramos, de nuevo como la constante principal de su obra, el concepto del compromiso social en poemas que nada le envidian –a nivel, repito, de significado- a los más narrativos y panfletarios de su última producción.
Roque Dalton esgrime la espada fosforescente del lenguaje y decapita a la vieja señora de la poesía sentada en su trono de glorias. Se sumerge en el océano azul de la locura y duerme una siesta entre sus joyas. Bebe de las aguas inmemoriales del útero de la tierra y nace embriagado de visiones memorables. Viaja al Sur del desencanto y regresa atiborrado de fantasmas. Baja a los infiernos y compra su alma con el precio de la poesía. Con nariz de sabueso y ojos de lince[6], el poeta es un equilibrista en la cuerda floja de la razón. Reconoce la raíz de su espejo y, como el poseído por los demonios del sueño, también reconoce que en el desarreglo de los sentidos están las hijas sexuales de la palabra. El Roque Dalton de El Turno del Ofendido y Los pequeños Infiernos es, entonces, un poeta autoexiliado en las esferas fecundas y liberadoras de las formas del surrealismo, y es esa vena, definitivamente, la que se salvará –literariamente hablando- de entre las exégesis, las apologías y el olvido.
En efecto, al escudriñar la voz Daltoniana de estos dos libros encontramos, entre otros hallazgos, una influencia considerable del surrealismo, el afán Cortazariano-Daltoniano de producir literatura de calidad dentro de la revolución y el matiz conceptual socialista en el contexto de sus poemas. Poesía y revolución, en este sentido, no son energías contrarias divorciadas, como alguna vez lo pretendió establecer la otrora oficialismo Salvadoreño. Poesía y revolución, razón y sueño, son –para el caso- fuerzas que se encuentran en un mismo punto: el poema. Pero no es una lucha de contrarios insalvable, sino más bien una comunión de dichas energías, en el sentido de Blake del concepto: “Sin contrarios no hay progreso… Oposición es verdadera amistad”[7] , una comunión cuya función es, en primer lugar, demostrar que se tienen suficientes herramientas poéticas para acercarse a la puerta del infierno de la lengua del sueño y, en segundo, utilizar esa calidad poética para ponerla en función –a través del mensaje- del proceso de cambio social. Poemas en los que se pone de manifiesto lo anterior, sobran: “Lejos está mi patria”, “Las cicatrices”, “Arte poética”, “Karl Marx”, “Mecanógrafo”, “Yo quería”, “El hijo pródigo”, etc. Pero no es mi objetivo defender la unidad granítica entre el poeta y el revolucionario: ya he dicho que su poesía se defiende por sí sola, tanto en el nivel del significante como en el nivel del significado. Me dedicaré en estas últimas líneas, en cambio, en brindarle el turno al poeta: el turno del poeta por años silencioso.
Los Pequeños Infiernos posee, a mi juicio, uno de los mejores poemas de toda la obra poética de Dalton, me refiero a “El Hijo Pródigo”, larga edificación de posibilidades en la que el poeta se deja escapar como animal, toda la sangre del lenguaje furtivo de sus más procesados aprendizajes. En efecto, al darle una lectura minuciosa del poema en referencia, nos damos cuenta de la gran influencia que ejercieron sobre su poética los poetas franceses anteriormente mencionados. Definitivamente no es una coincidencia el epígrafe de Saint-John Perse, tomado del poema “Anábasis”; de hecho, en honor a la reivindicación poética de Dalton, diremos que, si bien es cierto mencionaremos algunos puntos en común y otro poema, ello sólo probará, al final del escrutinio, la inteligencia de Roque al no dejarse contaminar por la gran obra del poeta antillano. Entre “Anábasis” y “El Hijo Pródigo” existen confluencias que, más allá del morbo antropológico muy propio de las apologías mitificadoras y desmitificadoras, hay que analizar en cuanto cualidades literarias asimiladas que más tarde el poeta abandonaría a favor de la emergencia y que, al final, son las cualidades por las que pasará a la historia como gran poeta.
En primer lugar, el contexto denotativo de ambos poemas se refiere a la figura del “Extranjero”, es decir, al desterrado, al apátrida: mientras que el extranjero de Perse se refiere a la calidad de forastero universal (sin patria propia y, por consiguiente, a la vez habitante y extranjero del mundo), el extranjero de Dalton no es más que el exiliado, el despojado y el desterrado de sus menos de veintiún mil kilómetros cuadrados, lo cual, en un principio, le da al poema un componente social indisoluble en todo su discurso. En segundo lugar encontramos quizá el elemento más importante que Roque toma de Perse no sólo para “El Hijo Pródigo” sino también para la mayoría de poemas de largo aliento de “El Turno del Ofendido” y “Los Pequeños Infiernos”, nos referimos específicamente al tono exuberante, al ritmo caudaloso del discurso poético muy propio de toda la obra de Perse; la utilización del poema en prosa, el ritmo interior avasallante y la superposición sucesiva de metáforas son similitudes, si bien no muy palpables en una lectura epidérmica, sí identificables en una segunda y más profunda lectura de ambos andamiajes poéticos. En tercer lugar, y como nimiedades curiosas, mencionaremos la estructura del poema (divididos en números romanos), la enumeración de profesiones y oficios y el desdoblamiento en una tercera persona cuando se usan comillas, aparte de ciertos códigos lingüísticos y de ciertas palabras que, sin ser trascripciones, denotan de forma lejana la influencia de la expresión de Perse sobre el lenguaje propio de Dalton.
Así como en “El Hijo Pródigo” se detecta el alma poética de Saint-John Perse, así también, en la totalidad de la obra de Dalton, se siente, como “tenues faros buscados por la niebla”, un constante afán por incorporar a su poesía las más variadas y diferentes vanguardias. Basten mencionar, a manera de ejemplos, el poema “Taberna”, cuya estructura de collage tiene su más antiguo y claro predecesor en Guillaume Apollinaire; el desenfado de su mensaje, que recuerda a Jacques Prevert; el tono conversacional y de auto burla de “Un Libro Levemente Odioso” tomado, como la mayoría de poetas jóvenes de aquél tiempo, de la combinación de la anti poesía de Nicanor Parra y el lenguaje vertical y humano de César Vallejo. Todas estas confluencias, demás está decirlo, merecen un amplio estudio crítico que, por hoy, debe ir acompañado de la publicación no sólo de su Poesía Completa, ya publicada, sino de toda su obra, la cual incluye dramaturgia, narrativa y ensayística, mucha de la cual aún se encuentra inédita.
El poeta, con cierto criterio de tres cabezas como el “Yeysún”, nunca fue ajeno al ejercicio plural de su expresión, es decir, a la diversión de estilos dentro de su poética, lo cual no quiere decir que sufrió serias contradicciones en el mensaje del poema. La censura de sus camaradas y compañeros por considerarlo “metafísico” y “pequeño burgués”, sólo demuestra la poca autocrítica y el dogmatismo imperante. Por otra parte, y como paradoja, cabe destacar que, a pesar del carácter de emergencia y de la reducida altura poética de libros como “Poemas Clandestinos” y “Un Libro Rojo para Lenin”, éstos no demeritan la gran obra heredada por Dalton. Si el poeta se dedicó al panfleto fue por la necesidad, por la urgencia histórica de remover las conciencias de los salvadoreños en una época en que privaba más la acción como medio idóneo para llevar a cabo los cambios, que el mejor lenguaje de ruptura dentro de las letras. “Taberna y Otros Lugares” probablemente sea el libro de poesía más importante y de mayor calidad de, por lo menos, los últimos cuarenta y cinco años en El Salvador (le seguirían títulos como “Los Estados Sobrenaturales y Otros Poemas” y “Es Cara Musa” de Alfonso Quijadurías; “Discurso Secreto” de David Escobar Galindo, entre otros) pero es en “El Turno del Ofendido” y en “Los Pequeños Infiernos” donde Roque demuestra su vocación de poeta vertical, onírico, desmesurado y, sobre todo, desenfadado con respecto a la fauna literaria de aquél tiempo.
Actualmente se habla mucho sobre la figura de Roque Dalton: mientras unos se lamentan y se rascan la cabeza pensando en su “error de juventud”, otros intentan rebajar su imagen de poeta y de revolucionario con estudios superficiales y especulativos sobre su obra. Mientras que otros –los más ignorantes, dogmáticos y graciosos- pretenden borrarlo del mapa con sólo un comentario verbal de poca monta. La importancia literaria de Roque Dalton no radica en el discurso encendido de sus más conocidos libros. Títulos como “Las Historias Prohibidas del Pulgarcito”, “Un Libro Levemente Odioso”, “Pobrecito Poeta que era yo” y “Miguel Mármol” son libros que reflejan una etapa determinada de la historia que, unida al tono conversacional de su poesía y al acento de urgencia de su prosa, nos da como resultado expresiones y libros perfectamente consumibles para la gran mayoría de lectores ávidos de participar de la fiesta daltoniana; sin embargo, son sus libros de mayor hondura onírica, introspectiva y surrealista los que, unidos a un acento eminentemente social y aun lenguaje y a un lenguaje poético elevado en calidad, asimilador de las vanguardias y de las expresiones de los grandes poetas, permanecerán en el tiempo por ser universales, dueños del fuego e los dioses y, como el chamán que fuma su verdad, espejos, ejemplos y enseñanzas para las nuevas generaciones de poetas. Roque Dalton está pasando la prueba del mejor y más objetivo de los críticos literarios: el tiempo. ¿Desmitificarlo?, ello implicaría negar su biografía, y, ¿Cómo desmitificar a un poeta que aún en vida era una ¿leyenda? ¿Cómo separar vida, obra y acción si están indisolublemente unidas? ¿Cómo enumerar contradicciones si, para el poeta, la poesía misma es una perfecta contradicción? Evidentemente hay preguntas que se responden por sí solas y obras que se defienden por sí mismas. Lo que nos queda a nosotros, hijos de un padre maldito, es brindarle el turno al poeta, estudiar con objetividad critica cada uno de sus libros y, por supuesto, publicar sus obras completas. Es lo menos que podemos hacer para reivindicar a esa “alma de niño que todavía necesita jugar”, para reivindicar al poeta que, además del gran testamento que constituye su poesía, nos dio, como piedra del ejemplo, como sacrificio, su “propio cadáver decapitado en la arena”.


[1] Del poema “Un hombre pasa con un pan al hombre”, del libro “Poemas Humanos”.
[2] Del poema “María Tecum”, El Turno del Ofendido.
[3] Fragmento tomado del texto “Manifiesto en un lenguaje claro” Antonin Artaud.
[4] Referencia directa a los libros “Vientos” y “Lluvias”, de Saint John-Perse
[5] Recordemos que la escritura “automática” era parte de las principales premisas del movimiento surrealista.
[6] “Yo volveré, yo volveré /no a llevarte la paz sino el ojo del lince”, del Poema Ya te aviso, de las Historias Prohibidas del Pulgarcito.
[7] Versos extraídos de “Las Bodas del Cielo y el Infierno”, William Blake.

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