domingo, 8 de agosto de 2010

Diana Espinal, poesía desde lo inexplicable

La poesía es el olmo que da peras, certeramente ha declarado Octavio Paz. En ella el sueño, lo inaccesible y lo intangible se cumplen como realidad. No sigue otra lógica sino el fulgor de la ignición de unas palabras junto a otras. Y no es que toda insensatez sea permisible. Mas, si su realización nos deslumbra con el con el pálpito de algo genuino y significativo más allá de la comprensión inmediata y rutinaria, pues estamos en el ámbito genuino de la poesía.
Es la primera conclusión que se extrae al leer Del ladrido del sombrero a la escama del sol, de Diana Espinal. Con ese título, como salido del mejor momento de Alicia en el País de las Maravillas, la poeta nos entrega un cuaderno donde el despliegue gozosamente insólito de la palabra es solo comparable con el enfebrecido anhelo del sujeto lírico en estos poemas por vivir y amar a plenitud. Diana (Tegucigalpa, Honduras, 1964) es Licenciada en Literatura por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán y ha publicado ya varios títulos, entre ellos, Eclipse de aguas, 2000, y Tras los hilos, 2004. Mujer con un brillo de hermosura en su persona y sus textos, nos entrega un universo textual de muy singulares aproximaciones al canto vital, donde la manera de decir constituye una absoluta refriega con las palabras y la sintaxis para ganar una voz propia que le posibilite expresar mejor lo que la inquieta y desborda.
A primera lectura sentimos una violenta sacudida, un impacto de bala que quiere alejar todo sopor. Nos extraña pero, a medida que bebemos su agua, nos instalamos en un ámbito mágico, el de una mujer que despliega todas sus aptitudes y voluntades para navegar la vida.
Esta impermeable soledad mulata Sabe a serenidad de esquina
Todas las noches bajo la boca del jarrón Se desploman purulencias de repetidas frases En bultos de interminables sosiegos
Anoche Tras el aurífero serpenteo disipado Los árboles no podían explicar el por qué Del oscurecido fuego
Pues se trata de una fuerza que va contra la fatiga de la costumbre, la inercia de lo establecido, el vagido de la soledad. En el centro de estos poemas hay una mujer que quiere imponer el derecho del deseo y el cumplimiento del afecto.
Y es esto lo primero que debe destacarse, el hecho de que es un libro que se hace desde la mujer negada hacia la mujer afirmada. Aboga por su género de la mejor forma, siendo honesta con sus sentidos, con sus sentimientos y convicciones, sin patrañas ni auto-engaños. Se expone con la energía que le gana su poderosa determinación de realizarse. Sin embargo, independientemente de que habla de la mujer en general, lo hace desde su cercanía, su propio acontecer, y lo expresa con voz, dientes, poros, uñas, vientre. El espejo donde se mirarán sus compañeras no les devuelve su propia imagen de derrota sino un camino, una posibilidad alcanzable.
Cuando lleguen los buitresAQuerer arrancar los presagiosCerraré las bitácorasYLos chillidos… Tomaré un sorbo de diapasónYNunca másMe dejaré enflaquecer de escaparates.
La poeta expresa la asunción de un mundo que la niega y al que repele desde su centro más inclaudicable y liberador.
La escritura de Diana es una suntuosa erupción de metáforas. La mujer que sabe orlar y embellecer su cuerpo para merecer a su complemento, sabe también utilizar esta facultad para electrizar el lenguaje con que canta y se defiende. Se verifica en la autora una asombrosa facilidad tropológica para deslumbrar y acometer. En sus textos encontramos una suerte de neo-automatismo, pero no de trasnochado juego surreal. Aquí se siente más intuitivo, más cercano a asociaciones con el universo vital de la mujer que canta.
Hay sombreros en cada gestoEn cada costado olor a deleite a violetas entreabiertasSésamo y arrozHayTurbas callejeras en la carneAzahares transparentesMáscara y mercadosEn los que venden interpolaciones en bolsas de un la libraHayDel lado derecho 36 topos de sonrisas desdentadasYDel lado izquierdo 22 ciegos imponentesNótese cómo se emplean elementos de cierta cotidianidad, en los cuales por supuesto se muestra sesgadamente el ámbito de lo sensual.Cada texto surge de golpe. En la confesión, la blasfemia o el canto se muestra una urgencia de decir que no permite el añejamiento de las frases, la morosa elaboración del discurso, el adensamiento de los versosPecho a tierraPomo vacíoMuerte sospechosaEn cada croar de circuitosMultitud de códigos con sabor a medallasSatelizan la fuerza de hisopo versus golpes cascabelerosEstratopausaDasacato y parcelas …Pecho a tierraTe contemplo en el olvidoNo volverás a oler mi selva de ruborEl aire da balidos rizados y elevan sus alas los émbolos
Sus poemas tienen la estructura simple y urgente, pero siempre eficaz de un trueno que se despeña. Con esa misma electricidad nos inquieta.La composición de sus textos está dictada por ese apremio turbulento. Así sus poemas se componen de palabras, frases, breves oraciones, sin más conectivos que su sucesión. Se crean palabras, se comprimen unas, se rehacen otras, se mueven de una función gramatical a otra, todo regido por ese fuego visceral que debe estallar. La consecutividad impone la asociación connotativa. El propio ordenamiento de las frases, casi siempre centradas y en una escala descendente, transmite ese impulso de descarga.PuéblameAsí como el sol cruza por la fachada de un viejo campanarioPuéblame en las aristasEn las rendijas de vieja callejuelaPor los pórticos del delfín pubis…PuéblameQue mis deshabitados nichosYLa luz inmóvil de mis balbuceosTe suplican que entresCon ternuraCon botones en la salivaCon hilos de ansia y cabeza endurecidaPara cosernosBajo el andén de tierno jilguero.Al leer nos enfrentamos a una masa de imágenes que se despeñan. Contemplamos una lluvia de metáforas que cae sobre la página.Sus temas son los del amor, lo cual implica el espacio y los rigores de dos seres, con todos sus esplendores y penumbras, sus delicadezas y hostilidades. No es que destierre de su lado al amante. Únicamente no se postra como animal de uso, sino que se yergue para compartir con todos los fulgores y derechos. Ruge cuando se siente abusada, pero gime dulzor cuando el placer iguala. Su poesía siempre afirma el equilibrio y la realización.En unas líneas deja visibilizar una posible poética:Percibo estos días dilatados de tripulantesEn total silencio Tomo a sorbitos meluzasIntentoDescansarEn el rumor de cadaSépaloAlejadoPor cada hilo de espejo cuelga un ciervo heridoPor cada lágrima germinan certezas…Cada vez que lleganCataclismosFuentes y mesurasLos sonidos del rostro transmutanDeMejillones a incandescentes versosTal y como dice, con ese espíritu de transformación, donde lo uno deviene lo otro (esencia de la metáfora), con esa incandescencia de visiones, nos regala esta poesía. Urdimbre de breves pero punzantes flechazos iscásticos, en asociaciones inusuales y con una personal apropiación del idioma son estos poemas. Así, en una fervorosa dignidad de inteligencia y emoción, fluye la poesía de Diana Espinal.

Por Manuel García Verdecia / jueves 22 de julio de 2010
(http://www.radioangulo.cu)

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