domingo, 1 de agosto de 2010

O(h)asis

Después de una hora se cambiaron nombre, afloraron los talentos, la brillante precocidad, crecían en jovialidad, camaradería, imaginación y en sentimiento que la realidad superó en poesía. Los primeros en llegar fueron René, Baudelaire, Mercedes y Elena, el Cipitío, Salarrue junior, el Abuelo de Oz. Después los Alcohonautas, los roqueros anónimos, los patrioteros apátridas, las mentes infinitas humeantes, continuaron llegando las cabezas borradas, el poeta de hilos fosforescentes, el otro Cipitío con su mochila de imágenes y frutas, llena de dulces y lágrimas; el poeta sonoro con charango de corazón, las mujeres con sus guitarras para compartir el frío y el licor, un anciano huérfano de cariño que soñaba con la primaveras de otro país. Adonis con sus versos dulzones, los cuales no soportaban la fealdad de su estro. Rilke lleno de juventud. Rimbaud viejo de aventuras. Poe, el tristón. Francois Villón con reumatismos en los dedos. Por supuesto, el más húmico lleno de helio alevoso, el poeta patán. Después del aluciné de la guerra. Llegó la paz con lisiado listón y se encontraban todos sábados en la Universidad y al terminar clases; llegaban a un lugar que llamaban cafetería, cervecería, pupusería, tienda o abarrotería, extensión o buhardilla, pero nunca pronunciaron su nombre.
Edgar Iván Hernandez
(Del Libro: "Homenaje al TALEGA")

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