martes, 19 de octubre de 2010

La danza de la poesía

La poesía canta y desencanta, bebe y nos bebe, duda y desnuda. No existe definición que la limite. El señorío de ésta reside en su vocación de ensueño, en aquello que los humanos tocamos con otras manos, olemos con otro corazón, besamos con labios renovados. Y no ha sido otra la función de la poesía, lo testimonian los poetas chinos de la antigüedad y César Vallejo, Quevedo y Octavio Paz, Sor Juana y Alejandra Pizarnik. Y no corro riesgo alguno si afirmo que aunque el abuelo Huidobro –consumado en su juventud- haya declarado la muerte de las metáforas, hay voces hoy día que se niegan a aceptar la sentencia del maestro. El poeta al que voy a referirme es una de etas voces.
Si me pidiera definir la poesía de Alfonso Fajardo, diría que se trata de una voz impresionista, y nunca de ese socialismo matizado de surrealismo, muy en boga en los setenta, que no estuvo mal, pero que nos hizo un nudo ciego en la cabeza a los castigados por el exteriorismo gratuito. Su expresión la percibo más cercana a la música de Claudio Debussy, que es el lenguaje de los sueños. Sin duda, entre los jóvenes potas es en quien encuentro más lectura, esto es, la asimilación de los poetas padres. A sus 26 años pasa de la filosofía oriental de Octavio Paz, a la caverna verbal de Lezama Lima; pero también lee a sus contemporáneos y hace abstracción de lo mejor. En pocos poetas he sentido el rigor por la formación poética. Muchos gastan talento en rimar lo que es ya de por sí disonante en la realidad, o despilfarrar su vida incorporando la música popular a su verbo, hay poca reflexión y lectura, y fácilmente se es prese del snobismo.
La danza de los días es un libro escrito con las venas. Estamos hablando de un poeta que inicia su carrera y lo hace con zancadas seguras. Es interesante encontrar al poeta urbano que ridiculiza la ruidazón del medio que le tocó en pena vivir, pero al mismo tiempo se autocuestiona permanentemente. Es la ciudad-espejo, la ciudad-amor prohibido, que te va acabando y ella, con gestos de humo y modernidad ríe y llora. Su poesía es vida vivida, recorrida por fantasmas, pero en fin expresión viva.
Vivo entre hermosos edificios de nada / y me divierto”, dice el poeta Fajardo, tratando de explicarse lo que es su vida, que es soledad acompañada. Por momentos conversacional, imposible negar la presencia del cadáver florido de Roque Dalton por los pasillos de esta poesía de respiración vigorosa.
Bien por este poeta que ya entendió el ritmo de la danza, danza que es vida, que es sueño, que es pegunta ante las puertas selladas dela verdad.

Mario Noel Rodríguez
(Prólogo del libro “La danza de los Días”)

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