lunes, 23 de agosto de 2010

Voces salvadoreñas en antología poética en Washington

Cinco poetas de El Salvador han sido incluidos en un importante ejemplar
Tomás Guevara
Domingo, 22 de Agosto de 2010
Los sutiles versos de Mayamérica Cortez, la punzante prosa de Quique Avilés, las nostalgias desgranadas en palabras por Vladimir Monge; la rigurosidad y soltura de la lengua española en Carlos Parada y las reflexiones de Grego Pineda, saltan en las páginas del recién publicado libro "Al pie de la Casa Blanca".
Esta publicación reúne a 24 poetas hispanos; cinco de ellos salvadoreños, residentes en el Área Metropolitana de Washington, como un esfuerzo por recoger la creación literaria en español; la selección estuvo a cargo del salvadoreño Carlos Parada Ayala y el argentino Luis Alberto Ambroggio, ambos se desempeñan en el mundo académico en la capital estadounidense.
La antología publicada recientemente por la Academia Norteamericana de la Lengua Española, en Nueva York, ha reunido a literatos procedentes de distintas experiencias y calibres, pero con el denominador común de ser inmigrantes, hecho que se manifiesta en sus obras desde distintas perfectivas.
La poetisa Mayamérica Cortez, quien fue tutelada por la insigne Claudia Lars, en sus años de juventud en Sonsonate, dedica uno de los poemas "a mi doña Claudia del recuerdo". Ella emigró a Estados Unidos en la década de 1980 y dice que este esfuerzo de compilación es un paso importante para ubicar y sistematizar la obra de los literatos dispersos en la zona de Washington.
Luis Alberto Ambroggio ha dicho que la idea de reunir a los 24 poetas surtió de la necesidad de hacer visible –en la dimensión literaria- el uso del español en la capital estadounidense, pues sólo en el área de Washington reside más de un millón de hispanohablantes y de ahí la selección de los poetas procedentes de 13 países del continente y España.
Además este académico, toma como punto de partida que la capital nacional también ha albergado a otros literatos latinoamericanos en el pasado como la poetisa salvadoreña – nicaragüense Claribel Alegría (1924) y al español Juan Ramón Jiménez (1881 – 1959).
El prólogo de la compilación de 355 páginas aclara que esta muestra de las voces presentadas en esta antología pretende, como la verdadera poesía "que hablará por si sola y con su lenguaje individual y universal en la sutilidad del texto aparente y profundo sujeto a muchas lecturas, con la carga semántica y emotiva con la que el lector y la audiencia las viva".
Luego de la presentación en la Biblioteca del Congreso, programada para septiembre, el libro será distribuido en la red de librerías y bibliotecas de Estados Unidos y con la Academias Españolas en los países latinoamericanos. El precio de esta antología es de $22 dólares.

domingo, 8 de agosto de 2010

Diana Espinal, poesía desde lo inexplicable

La poesía es el olmo que da peras, certeramente ha declarado Octavio Paz. En ella el sueño, lo inaccesible y lo intangible se cumplen como realidad. No sigue otra lógica sino el fulgor de la ignición de unas palabras junto a otras. Y no es que toda insensatez sea permisible. Mas, si su realización nos deslumbra con el con el pálpito de algo genuino y significativo más allá de la comprensión inmediata y rutinaria, pues estamos en el ámbito genuino de la poesía.
Es la primera conclusión que se extrae al leer Del ladrido del sombrero a la escama del sol, de Diana Espinal. Con ese título, como salido del mejor momento de Alicia en el País de las Maravillas, la poeta nos entrega un cuaderno donde el despliegue gozosamente insólito de la palabra es solo comparable con el enfebrecido anhelo del sujeto lírico en estos poemas por vivir y amar a plenitud. Diana (Tegucigalpa, Honduras, 1964) es Licenciada en Literatura por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán y ha publicado ya varios títulos, entre ellos, Eclipse de aguas, 2000, y Tras los hilos, 2004. Mujer con un brillo de hermosura en su persona y sus textos, nos entrega un universo textual de muy singulares aproximaciones al canto vital, donde la manera de decir constituye una absoluta refriega con las palabras y la sintaxis para ganar una voz propia que le posibilite expresar mejor lo que la inquieta y desborda.
A primera lectura sentimos una violenta sacudida, un impacto de bala que quiere alejar todo sopor. Nos extraña pero, a medida que bebemos su agua, nos instalamos en un ámbito mágico, el de una mujer que despliega todas sus aptitudes y voluntades para navegar la vida.
Esta impermeable soledad mulata Sabe a serenidad de esquina
Todas las noches bajo la boca del jarrón Se desploman purulencias de repetidas frases En bultos de interminables sosiegos
Anoche Tras el aurífero serpenteo disipado Los árboles no podían explicar el por qué Del oscurecido fuego
Pues se trata de una fuerza que va contra la fatiga de la costumbre, la inercia de lo establecido, el vagido de la soledad. En el centro de estos poemas hay una mujer que quiere imponer el derecho del deseo y el cumplimiento del afecto.
Y es esto lo primero que debe destacarse, el hecho de que es un libro que se hace desde la mujer negada hacia la mujer afirmada. Aboga por su género de la mejor forma, siendo honesta con sus sentidos, con sus sentimientos y convicciones, sin patrañas ni auto-engaños. Se expone con la energía que le gana su poderosa determinación de realizarse. Sin embargo, independientemente de que habla de la mujer en general, lo hace desde su cercanía, su propio acontecer, y lo expresa con voz, dientes, poros, uñas, vientre. El espejo donde se mirarán sus compañeras no les devuelve su propia imagen de derrota sino un camino, una posibilidad alcanzable.
Cuando lleguen los buitresAQuerer arrancar los presagiosCerraré las bitácorasYLos chillidos… Tomaré un sorbo de diapasónYNunca másMe dejaré enflaquecer de escaparates.
La poeta expresa la asunción de un mundo que la niega y al que repele desde su centro más inclaudicable y liberador.
La escritura de Diana es una suntuosa erupción de metáforas. La mujer que sabe orlar y embellecer su cuerpo para merecer a su complemento, sabe también utilizar esta facultad para electrizar el lenguaje con que canta y se defiende. Se verifica en la autora una asombrosa facilidad tropológica para deslumbrar y acometer. En sus textos encontramos una suerte de neo-automatismo, pero no de trasnochado juego surreal. Aquí se siente más intuitivo, más cercano a asociaciones con el universo vital de la mujer que canta.
Hay sombreros en cada gestoEn cada costado olor a deleite a violetas entreabiertasSésamo y arrozHayTurbas callejeras en la carneAzahares transparentesMáscara y mercadosEn los que venden interpolaciones en bolsas de un la libraHayDel lado derecho 36 topos de sonrisas desdentadasYDel lado izquierdo 22 ciegos imponentesNótese cómo se emplean elementos de cierta cotidianidad, en los cuales por supuesto se muestra sesgadamente el ámbito de lo sensual.Cada texto surge de golpe. En la confesión, la blasfemia o el canto se muestra una urgencia de decir que no permite el añejamiento de las frases, la morosa elaboración del discurso, el adensamiento de los versosPecho a tierraPomo vacíoMuerte sospechosaEn cada croar de circuitosMultitud de códigos con sabor a medallasSatelizan la fuerza de hisopo versus golpes cascabelerosEstratopausaDasacato y parcelas …Pecho a tierraTe contemplo en el olvidoNo volverás a oler mi selva de ruborEl aire da balidos rizados y elevan sus alas los émbolos
Sus poemas tienen la estructura simple y urgente, pero siempre eficaz de un trueno que se despeña. Con esa misma electricidad nos inquieta.La composición de sus textos está dictada por ese apremio turbulento. Así sus poemas se componen de palabras, frases, breves oraciones, sin más conectivos que su sucesión. Se crean palabras, se comprimen unas, se rehacen otras, se mueven de una función gramatical a otra, todo regido por ese fuego visceral que debe estallar. La consecutividad impone la asociación connotativa. El propio ordenamiento de las frases, casi siempre centradas y en una escala descendente, transmite ese impulso de descarga.PuéblameAsí como el sol cruza por la fachada de un viejo campanarioPuéblame en las aristasEn las rendijas de vieja callejuelaPor los pórticos del delfín pubis…PuéblameQue mis deshabitados nichosYLa luz inmóvil de mis balbuceosTe suplican que entresCon ternuraCon botones en la salivaCon hilos de ansia y cabeza endurecidaPara cosernosBajo el andén de tierno jilguero.Al leer nos enfrentamos a una masa de imágenes que se despeñan. Contemplamos una lluvia de metáforas que cae sobre la página.Sus temas son los del amor, lo cual implica el espacio y los rigores de dos seres, con todos sus esplendores y penumbras, sus delicadezas y hostilidades. No es que destierre de su lado al amante. Únicamente no se postra como animal de uso, sino que se yergue para compartir con todos los fulgores y derechos. Ruge cuando se siente abusada, pero gime dulzor cuando el placer iguala. Su poesía siempre afirma el equilibrio y la realización.En unas líneas deja visibilizar una posible poética:Percibo estos días dilatados de tripulantesEn total silencio Tomo a sorbitos meluzasIntentoDescansarEn el rumor de cadaSépaloAlejadoPor cada hilo de espejo cuelga un ciervo heridoPor cada lágrima germinan certezas…Cada vez que lleganCataclismosFuentes y mesurasLos sonidos del rostro transmutanDeMejillones a incandescentes versosTal y como dice, con ese espíritu de transformación, donde lo uno deviene lo otro (esencia de la metáfora), con esa incandescencia de visiones, nos regala esta poesía. Urdimbre de breves pero punzantes flechazos iscásticos, en asociaciones inusuales y con una personal apropiación del idioma son estos poemas. Así, en una fervorosa dignidad de inteligencia y emoción, fluye la poesía de Diana Espinal.

Por Manuel García Verdecia / jueves 22 de julio de 2010
(http://www.radioangulo.cu)

domingo, 1 de agosto de 2010

O(h)asis

Después de una hora se cambiaron nombre, afloraron los talentos, la brillante precocidad, crecían en jovialidad, camaradería, imaginación y en sentimiento que la realidad superó en poesía. Los primeros en llegar fueron René, Baudelaire, Mercedes y Elena, el Cipitío, Salarrue junior, el Abuelo de Oz. Después los Alcohonautas, los roqueros anónimos, los patrioteros apátridas, las mentes infinitas humeantes, continuaron llegando las cabezas borradas, el poeta de hilos fosforescentes, el otro Cipitío con su mochila de imágenes y frutas, llena de dulces y lágrimas; el poeta sonoro con charango de corazón, las mujeres con sus guitarras para compartir el frío y el licor, un anciano huérfano de cariño que soñaba con la primaveras de otro país. Adonis con sus versos dulzones, los cuales no soportaban la fealdad de su estro. Rilke lleno de juventud. Rimbaud viejo de aventuras. Poe, el tristón. Francois Villón con reumatismos en los dedos. Por supuesto, el más húmico lleno de helio alevoso, el poeta patán. Después del aluciné de la guerra. Llegó la paz con lisiado listón y se encontraban todos sábados en la Universidad y al terminar clases; llegaban a un lugar que llamaban cafetería, cervecería, pupusería, tienda o abarrotería, extensión o buhardilla, pero nunca pronunciaron su nombre.
Edgar Iván Hernandez
(Del Libro: "Homenaje al TALEGA")