viernes, 20 de abril de 2012

¿Para què sirve la poesìa?

Imagínese el lector disfrutando la frescura de la tarde bajo la sombra de un hermoso árbol de caimito, en medio de un interesante coloquio que sobre la poesía sostiene un grupo de poetas. Las hojas pigmentadas se sueltan de las ramas para caer sobre el piso y formar una alfombra nebulosa. Imagine además que el ambiente sea propicio para que poetas de tres generaciones sean cuestionados por tres panelistas -escritores para más señas- en el inicio de un breve viaje virtual por la inmensa galaxia de la poesía. Un viaje que, desde luego, exige abordar los cruceros de la reflexión y de la meditación.

Sin embargo, el detonador de la luminosa interrogante -que estalla como bomba incendiaria en el centro del coloquio- no lo activa ninguno de los panelistas. El detonador lo activa usted al formular la cuestión medular: ¿para qué sirve la poesía?

Imagínese usted en medio del coloquio porque esa es la pregunta que ha interpelado siempre a todos los poetas y que posiblemente usted se ha formulado una y cien veces sin encontrar respuesta alguna que le satisfaga. Es más, la interrogante se prolonga y navega en nuevas aguas: ¿para qué sirve la poesía en un país donde es mucho mayor el número de analfabetas que el número de quienes pueden leer?

Siempre he considerado que la poesía no sirve para nada. Sí, así como suena: no sirve para nada. ¿Acaso tiene la utilidad del petróleo? ¿O podría decirse que aun como disciplina tiene tanta utilidad como la medicina o la contabilidad? ¿Encierra la poesía alguna posibilidad de hacer negocios con ella? ¿O podría servir para sacar a la gente de la extrema pobreza? Lejos de permitir hacer negocios con ella, los poetas que se animan a publicar sus poemarios sufren la terrible agonía del parto, la agobiante depresión post parto, y la inevitable resurrección que sólo permite la pobreza de solemnidad.

No. La poesía no sirve para nada, a lo sumo para soltar emociones y generar reflexiones. Y quizás para relajar el espíritu y comprender el sentido de la vida.

¿Comprender el sentido de la vida? ¡Sí, comprender el sentido de la vida!

Pero en todo caso ¿no es esa la búsqueda esencial del ser humano? ¿Acaso no es la excitación del espíritu y el desconocimiento del sentido de la vida lo que nos impulsa a cometer los más profundos desaciertos? ¿Acaso no siempre estamos tratando de entender en qué consiste el fenómeno de la vida? ¿De nuestras vidas?

La poesía funciona como una pequeña barrera virtual que detiene nuestras actitudes irreflexivas y carentes de cautela. Pero hay algo más: la poesía le permite ejercer al hombre real, a usted y a mí, el derecho de construir un mundo mágico, irreal, donde la justicia es más justa, la libertad más libre, y donde la vida se vive con más intensidad.

Desde luego, esta idea se nutre con el concepto de que el poeta no es diferente a los demás seres humanos. No hay hombres especiales ni actividades especiales. La naturaleza nos hizo iguales a todos. Incluso, al distribuir habilidades diferentes para completar la creación nos hizo iguales en la diversidad. De allí que el poeta, lejos de ser especial es el más común de los obreros. Trabajar con la palabra y la imagen como materia prima lo vuelve más humano, lo coloca con los pies y la cabeza en la tierra, y le encarga un puñado de ilusiones. Ilusiones, por cierto, más ajenas que propias.

Justamente en el entorno de la creación el poeta no es el más modesto de los seres porque la modestia no es más que la excusa de la mediocridad, la complacencia y la tosquedad. Tampoco es el más vanidoso. Como bien lo expresa Maiakovshy, el poeta requiere de una dosis de modesta vanidad no sólo porque sus ambiciones son altas, sino también por su condición de celador de ilusiones ajenas. El poeta entiende que si las ambiciones pequeñas requieren esfuerzos pequeños, las ambiciones grandes requieren esfuerzos grandes. Que son los esfuerzos que se necesitan para escribir esas pequeñas estructuras verbales que conocemos con el nombre de poemas.

El poeta no es un creador ni un recreador de la belleza. Esa es una responsabilidad fundamental de la Naturaleza. La misión del poeta, la verdadera misión del poeta es escarbar la realidad, condenar la impunidad y entregarle al pueblo la verdad libre de dudas. Que el poeta escriba al amor, ése es su pasatiempo. Que el poeta cante a la mujer, ése es su placer. Que el poeta descubra la verdad, esa es su obligación. Porque precisamente con ello -y con mucha más razón- nos ayuda a entender el sentido de la vida.

Por suerte, la poesía le da al poeta la oportunidad de prescindir de la rima, la metáfora, la hipérbole, del verso mismo, y de todos los recursos retóricos que -como exigencia- le impidan cumplir su misión. La poesía le permite, además, denunciar el establishment y el status quo, quizás porque obra y creador han comprendido que la poesía sabe mejor cada vez que es declarada clandestina o recibe el calificativo de delito.

O quizás porque en el fondo han llegado a comprender, a aceptar, y a establecer, que la poesía no sirve para nada. Excepto -vale la pena repetirlo- para entender el sentido de la vida.


Posted 18th April 2010 by DANILO UMAÑA SACASA          

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